Conectividad que también debe hacerse cargo de las personas

Por Ruth Pérez, encargada de Género de la Dirección de Obras Portuarias (DOP)

 

En Chiloé, hablar de conectividad ha significado referirse a rampas, embarcaderos, caminos, transbordos y sistemas de transporte. Pero mejorar la conectividad también exige una pregunta distinta: ¿cómo viven las personas esa infraestructura y qué barreras enfrentan para utilizarla?

Esa pregunta estuvo en el centro del levantamiento de necesidades realizado por la Dirección de Obras Portuarias en territorios insulares de la Provincia de Chiloé, en el marco del compromiso institucional del PMG de Género. A través de encuestas online y presenciales participaron 182 personas, 110 de ellas mujeres, permitiendo recoger experiencias de mujeres mayores, cuidadoras, dueñas de casa, emprendedoras, trabajadoras independientes, pertenecientes a pueblos originarios y personas con discapacidad o enfermedades crónicas.

Los resultados confirman algo que puede parecer evidente, pero que no siempre está incorporado en el diseño de la infraestructura: la conectividad marítima no es solamente el momento del embarque. Es el camino que comienza en la vivienda, continúa por el trayecto hasta la rampa o el muelle, considera la espera, el embarque y desembarque y termina cuando la persona logra llegar a su destino.

Esa mirada más amplia es uno de los principales aportes del estudio. Las dificultades no están únicamente en una rampa corta. También aparecen en caminos estrechos y en mal estado, falta de iluminación, ausencia de transporte de acercamiento, exposición a la lluvia y el viento, dificultades para movilizar ayudas técnicas o transportar compras, medicamentos y productos.

Para las mujeres, estas dificultades adquieren dimensiones particulares. Muchas de ellas compatibilizan labores domésticas, trabajo y responsabilidades de cuidado. Cuando una mujer debe trasladarse con un menor, acompañar a una persona mayor, movilizar a alguien con discapacidad o regresar a su isla con medicamentos, alimentos o mercaderías, las condiciones del trayecto dejan de ser un asunto secundario. La seguridad, el tiempo de espera, la accesibilidad y la posibilidad de resguardar una carga pasan a ser factores que determinan cuánto esfuerzo requiere realizar una actividad cotidiana.

Por eso, incorporar la perspectiva de género en la infraestructura no significa construir obras distintas para mujeres y hombres. Significa comprender que una misma infraestructura puede ser utilizada de manera diferente y que existen grupos que enfrentan barreras adicionales para ejercer su autonomía y acceder a servicios y oportunidades.

El levantamiento que hicimos nos permite comprender las principales brechas en tres ámbitos: seguridad y accesibilidad; cuidados y calidad de vida; y autonomía económica y equidad territorial. Esta evidencia permite pasar de una percepción general sobre las dificultades de la conectividad a una identificación concreta de problemas que pueden ser abordados mediante infraestructura, accesibilidad universal y coordinación con otros organismos públicos.

También revela que las soluciones no dependen exclusivamente de una institución. Mejorar una rampa, incorporar iluminación, construir refugios adecuados, disponer de baños accesibles o considerar espacios para el resguardo de mercaderías son materias que pueden vincularse directamente con el trabajo de la Dirección de Obras Portuarias. Pero mejorar los caminos hacia esos puntos de embarque o disponer de transporte terrestre de acercamiento requiere también coordinación con municipios, gobiernos regionales y el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones.

Esta conclusión es particularmente relevante porque permite entender la conectividad como un sistema y no como una suma de obras independientes. Una infraestructura portuaria puede resolver una barrera, pero si la persona no puede llegar de manera segura hasta ella, la brecha permanece. Del mismo modo, contar con una rampa accesible pierde parte de su sentido si una mujer mayor, una persona con discapacidad o una cuidadora debe esperar bajo la lluvia, sin un refugio adecuado, para continuar su viaje.

El desafío que surge de este trabajo es, entonces, avanzar hacia una infraestructura que no solo conecte territorios, sino que también facilite la vida de quienes los habitan. Una infraestructura más segura para las mujeres, más accesible para las personas mayores y con discapacidad, más adecuada para quienes realizan labores de cuidado y capaz de acompañar las actividades económicas que sostienen a muchas familias insulares.

En Chiloé, donde el mar forma parte de la vida cotidiana, conectarse no es simplemente trasladarse de un punto a otro. Es poder llegar a una consulta médica, estudiar, trabajar, abastecer un hogar, cuidar a otra persona, vender una producción o mantener los vínculos con la comunidad. Por eso, una buena política de conectividad debe preguntarse no solo dónde construir, sino también para quién, cómo y en qué condiciones esa infraestructura será utilizada.

 

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