Especialista advierte que el verano puede intensificar síntomas depresivos por cambios de rutina y presión social. Señales de alerta, autocuidados y apoyos disponibles para proteger la salud mental.

El verano suele asociarse a descanso, desconexión y bienestar, pero para muchas personas este período puede profundizar el malestar emocional. La presión por “disfrutar”, la mayor exposición social, los cambios de rutina y la comparación constante en redes sociales pueden intensificar síntomas de depresión durante las vacaciones, afectando la calidad de vida y las relaciones personales.
“La depresión no descansa cuando llegan las vacaciones. Los cambios abruptos de ritmo y las expectativas de disfrute pueden hacer más visibles el desánimo, la irritabilidad y el aislamiento”, explica Claudia Szita, docente de Psicología de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar. Según la especialista, el verano actúa como un espejo que refleja emociones que durante el año quedan contenidas por la rutina.
La psicóloga advierte que interrumpir procesos terapéuticos sin planificación puede dejar a las personas más expuestas. Entre las principales señales de alerta menciona cambios persistentes en el ánimo, el sueño o el apetito; pérdida de interés por actividades habituales; pensamientos de inutilidad; dificultad para sostener la vida cotidiana y un aumento del uso de pantallas o consumo de sustancias como forma de evasión. “Si la tristeza se mantiene y afecta el funcionamiento diario, es importante consultar”, subraya.
Otro factor relevante es la comparación social, especialmente en verano. “Las redes muestran vacaciones perfectas y cuerpos idealizados. Aunque sepamos que son narrativas editadas, impactan la autoestima y empeoran el ánimo en personas vulnerables”, señala Szita, quien recomienda una higiene digital que incluya limitar tiempos de exposición y priorizar contenidos que aporten calma y sentido.
Respecto a los cuidados, la especialista propone acciones concretas y graduales, como mantener una estructura básica del día, priorizar el contacto con la naturaleza, fortalecer vínculos protectores, cuidar el sueño, proponerse objetivos pequeños y con sentido, y practicar pausas conscientes para reconocer y nombrar el malestar. Además, destaca el valor de las redes comunitarias, especialmente en contextos donde las vacaciones no son posibles, como un factor clave de protección emocional.
Finalmente, la académica enfatiza la importancia del cuidado colectivo y de pedir ayuda a tiempo. “Si los síntomas se intensifican, recurrir a centros de salud, redes locales o líneas de apoyo es un acto de cuidado, no de rendición”, afirma. De cara al cierre del verano, invita a evaluar cómo se está emocionalmente y ajustar apoyos con anticipación, recordando que la depresión es tratable y que este período puede ser una oportunidad para reordenarse con mayor conciencia y acompañamiento.