Las olas de calor están cambiando la forma de habitar y recorrer las ciudades en Chile. Expertos advierten que, sin sombra ni diseño urbano adecuado, caminar se vuelve un riesgo para la salud y un reflejo de desigualdad territorial.

Las olas de calor ya no son un fenómeno excepcional en las ciudades chilenas. En veranos cada vez más largos e intensos, caminar por la ciudad —una práctica cotidiana para miles de personas— comienza a transformarse en un riesgo sanitario, especialmente en sectores con escasa infraestructura verde y baja inversión urbana, donde la exposición al sol y al calor es permanente.
Según explica Beatriz Mella, académica UNAB y especialista en planificación urbana, el problema no es solo climático, sino estructural. “Hoy, en muchos entornos urbanos, el calor extremo convierte la caminata en un riesgo, exponiendo a las personas a deshidratación, estrés térmico, golpes de calor y descompensaciones cardiovasculares”, advierte, subrayando que el diseño urbano juega un rol clave en la magnitud del impacto.
El efecto del calor no es homogéneo en la población. Niños, personas mayores y quienes caminan por necesidad —por razones económicas o de acceso— son los más expuestos. En muchos barrios, la caminata dejó de ser una opción saludable para convertirse en una obligación riesgosa, profundizando brechas sociales ya existentes en materia de salud y movilidad.
Uno de los principales problemas es el círculo vicioso que afecta a la caminabilidad urbana. “La gente deja de caminar porque no existen condiciones básicas de sombra y confort, pero esas condiciones no se priorizan porque ‘no se ve gente caminando’”, explica Mella. Romper esta lógica requiere intervenciones públicas de corto plazo, como sombreaderos, paraderos protegidos, acceso a agua potable y mobiliario urbano pensado para altas temperaturas.
A mediano y largo plazo, el desafío es estructural. La académica apunta a la necesidad de construir sombra permanente mediante arbolado urbano bien planificado, con especies de copas amplias y alta resistencia al calor, además de asegurar continuidad en veredas y ejes peatonales. Estas medidas no solo reducen la temperatura, sino que mejoran la calidad de vida y fomentan la movilidad activa.
Los mapas de calor urbano han evidenciado que el calor también se distribuye de forma desigual. Las zonas más expuestas coinciden con comunas con menor cobertura arbórea y menos parques, mientras que los sectores con mayores recursos han sostenido políticas de arborización y mantención de espacios verdes. Así, el calor extremo deja de ser solo un problema ambiental y se convierte en un indicador directo de desigualdad urbana.