Marcelo Pérez, experto del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, sostiene que la crisis en Medio Oriente dejó de ser un foco regional para convertirse en una disputa global que reconfigura el equilibrio geopolítico y económico del planeta.

Mientras la atención internacional se concentra en la escalada de violencia y los recientes ataques entre Estados Unidos e Irán, en el trasfondo de las hostilidades se libra una disputa geopolítica de mayor alcance por la hegemonía global. Según advierte Marcelo Pérez, analista internacional del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello (UNAB), el choque militar trascendió las fronteras de Medio Oriente para transformarse en un escenario estratégico donde grandes potencias como China y Rusia buscan maximizar sus intereses sin involucrarse directamente en el terreno de combate.
En el caso de China, el académico explica que Pekín mantiene un sutil equilibrio entre sus necesidades comerciales y su retórica diplomática. Por un lado, la potencia asiática requiere mantener abierta la navegación por el estrecho de Ormuz para resguardar el suministro energético y el flujo comercial internacional; por otro, atribuye la responsabilidad de la escalada a la intervención norteamericana. “Pekín presiona activamente, aunque de forma reservada, para que Irán permita la reapertura de las rutas comerciales, mientras fortalece su posición económica frente a Occidente”, sostiene Pérez.
Por su parte, Rusia encuentra en este escenario un beneficio estratégico de alto valor geopolítico sin incurrir en costos militares directos. Aunque mantiene su apoyo diplomático a Teherán en el Consejo de Seguridad de la ONU, el Kremlin aprovecha el desplazamiento de la atención internacional y el eventual desvío de recursos de Occidente —que hasta ahora estaban concentrados prioritariamente en la guerra en Ucrania— para ganar tiempo y margen de maniobra en el plano internacional.
Uno de los mayores riesgos que presenta esta crisis no proviene solo de las grandes potencias, sino de la fragmentación operativa en la zona. Con el mando de la Guardia Revolucionaria iraní severamente fracturado, milicias regionales en Irak, Yemen y Líbano han comenzado a actuar con total autonomía. Este panorama de descoordinación incrementa la probabilidad de incidentes impredecibles y ataques independientes a embarcaciones o bases, dificultando cualquier esfuerzo diplomático por contener la escalada.
A pesar de la alta tensión y el intercambio de proyectiles, el experto de la UNAB descarta por el momento el escenario de una confrontación terrestre o una invasión convencional liderada por Washington. A su juicio, los involucrados no obtendrían beneficios claros con un cambio de régimen por la vía armada, por lo que las acciones continuarán focalizadas en debilitar capacidades militares específicas, mientras las potencias calculan sus ventajas en la reconfiguración del mapa global.
Finalmente, el analista concluye que el verdadero peligro radica en la prolongación de un conflicto atípico donde múltiples actores locales y globales operan simultáneamente. La inestabilidad en rutas marítimas clave y el reordenamiento de las prioridades diplomáticas mundiales demuestran que la crisis entre Washington y Teherán ya modificó de manera irreversible el equilibrio geopolítico y económico internacional.