En los años 70, el Neoplan Skyliner revolucionó los viajes de larga distancia al sur de Chile. Su paso dejó huella en generaciones de pasajeros que aún recuerdan su lujo, comodidad y presencia imponente.

Los buses del pasado no solo conectaron ciudades y pueblos, también unieron historias, sueños y nostalgias. En este recorrido por la memoria colectiva, el Neoplan Skyliner, primer bus de dos pisos que operó en la zona sur de Chile, tiene un lugar privilegiado. Su arribo marcó un antes y un después para rutas como Osorno-Puerto Varas y Puerto Montt con destino a Santiago transformándose en un ícono de los viajes de lujo sobre ruedas.
Fabricado en Alemania y presentado en 1967, el modelo Neoplan Skyliner llegó a nuestro país una década después, cautivando tanto por su diseño vanguardista como por sus comodidades inéditas para la época. Fue la empresa Varmontt una de las primeras en incorporar esta imponente máquina a su flota, brindando a los viajeros del sur una experiencia que rompía con el estándar de los tradicionales buses nacionales.
Con dos pisos, capacidad para más de 70 pasajeros, maletero de 11,5 m³, baño a bordo, cocina, guardarropa y asientos de lujo, el Skyliner ofrecía una experiencia que rayaba en lo hotelero. Mientras en el piso inferior reinaba un ambiente íntimo con zonas de descanso y mesas, en el superior la vista panorámica convertía cada trayecto en un paseo escénico inolvidable.
El motor V10 Daimler-Benz OM 403 de 320 caballos de fuerza le daba la potencia necesaria para enfrentar largas distancias y terrenos exigentes del sur de Chile, mientras su suspensión neumática proporcionaba una suavidad de marcha envidiable. Era común ver a los pasajeros maravillarse con la sensación de flotar mientras cruzaban el paisaje lluvioso entre Osorno y Puerto Montt con destino a la capital del país.
Más allá de sus atributos técnicos, este bus generó una fuerte conexión emocional. Conductores y auxiliares que trabajaron en él lo recuerdan con cariño, no solo por su mecánica compleja que a veces exigía llevar una muda de ropa para reparaciones en ruta, sino también por la camaradería que se generaba a bordo. Era común compartir comida, bebidas o incluso participar en bingos durante los viajes más largos.
Viajar en el Skyliner también significaba un lujo en tiempos donde lo habitual era un asiento estrecho, sin aire acondicionado ni baños. El contraste con los ruidosos, humeantes y precarios buses “piratas” del pasado lo convertía en una especie de nave futurista para la época. Su figura impuso respeto en los terminales y su popularidad creció rápidamente entre los usuarios frecuentes.
Hoy, el Neoplan Skyliner sigue siendo recordado como un emblema de los años dorados del transporte interurbano chileno. Si bien el modelo evolucionó y aún circula en Europa bajo versiones modernas, en Chile su imagen quedó congelada en la memoria de quienes lo vieron pasar por las rutas del sur, majestuoso, moderno y adelantado a su tiempo.
Varmontt
Un 12 de diciembre de 1941, según lo recuerda el historiador Rafael Piquer, Walter Niklitschek Hoffmann se sentó por primera vez frente al volante para inaugurar un recorrido desde Puerto Varas hacia Petrohué. Así comenzó una historia forjada a pulso, que transformó a Varmontt en una de las empresas de transporte más emblemáticas del sur de Chile. Con tenacidad, Niklitschek amplió los servicios a Puerto Montt, Río Frío y luego a otras ciudades, consolidando una empresa que irradiaba orgullo desde Puerto Varas hacia toda la región.
Durante décadas, Varmontt fue sinónimo de innovación y calidad: pionera en buses con butacas cama, con cafetería, baños, atención a bordo e incluso servicio de telefonía móvil en los años 90. En sus 50 años, celebrados en 1991, El Llanquihue destacaba el impacto de la empresa en la comunidad y su crecimiento sostenido, incluyendo terminales propios, modernas flotas importadas y un compromiso inquebrantable con el buen servicio.
Hoy, Varmontt ya no transporta pasajeros. La empresa se ha replegado al rubro de las encomiendas, dejando atrás una época dorada que muchos puertovarinos recuerdan con nostalgia. Aun así, el legado de Walter Niklitschek perdura en la memoria colectiva de una ciudad que alguna vez vio en Varmontt el verdadero placer de viajar.