María Francisca Rauch Gajardo, Académica de Terapia Ocupacional, Universidad San Sebastián Sede De la Patagonia

Envejecer no debería significar dejar de ser parte de la sociedad. A pesar de ello, hemos normalizado la tristeza, aislamiento, falta de motivación en las personas mayores, realizando una atribución únicamente a la edad. El mantener un proyecto de vida satisfactorio debiera ser un derecho, independiente de la edad, condición o territorio.
Sin embargo, las cifras son claras. Según un análisis de la base del Departamento de Estadísticas e Información de Salud, en 2025 se registraron en Chile 388 muertes por suicidio en personas de 60 años o más: una de cada cinco del total nacional. En Los Lagos, durante 2024 y 2025, fueron 53 personas mayores, de las cuales 48 eran hombres. Son registros sujetos a actualización, pero suficientes para marcar la necesidad de comprender y atender la problemática.
No existe una sola explicación para el suicidio. La Organización Mundial de la Salud identifica factores asociados como la depresión, los trastornos por consumo, el dolor crónico y las pérdidas significativas. Estas causas no se explican solamente por factores fisiológicos, sino que, en gran medida por factores del entorno.
La relación entre el aislamiento y la conducta suicida ha sido reconocida internacionalmente, sin embargo, aún persisten brechas para abordar la dispersión geográfica, la limitación en la accesibilidad de recintos, los bajos espacios de participación adaptados, los desafíos climáticos, entre otros.
Por otra parte, la sociedad ha generado una representación social de la persona mayor como un individuo que normalmente reduce su participación, se limitan sus elecciones bajo la premisa que “ya no estás en edad para eso”, y sin intención, aumenta esfuerzos en acciones que excluye.
Excluye porque no se busca que los espacios actuales permitan la participación de todos, porque el peso de nuestro imaginario nos lleva a pensar en espacios solo para personas mayores, y eso reduce la posibilidad de acceso a la diversidad de oportunidades (o muchas veces limitadas) que existen en cada contexto. Lo anterior, no busca desconocer las necesidades propias de la población o el beneficio de generar sentido de pertenencia como grupo, pero si comprender que existen más formas de pensar en una sociedad inclusiva.
En la vejez, la OMS advierte que el aislamiento social y la soledad afectan la salud mental. Perder vínculos, enfrentar un duelo o encontrar barreras para participar en la comunidad puede hacer más difícil sostener una vida cotidiana satisfactoria. Necesitamos mirar esas experiencias sin asumir que todas las personas mayores las viven de la misma manera ni responsabilizar exclusivamente a ellos mismos y sus familias.
Como Terapeuta Ocupacional me cuestiono qué oportunidades reales tiene una persona para seguir haciendo aquello que le importa. ¿Puede visitar a sus amistades? ¿Participar en decisiones? ¿Autoadministrar su tiempo? Nuestra sociedad actualmente, ¿respeta los intereses y derecho a elegir? Ofrecer actividades exige considerar también el transporte, la accesibilidad, los apoyos necesarios, y una sociedad que comprenda, y no condicione la participación a la edad.
Como hija, nieta, sobrina, vecina y colega, de personas mayores, y sin olvidar, como futura persona mayor, espero que la sociedad continúe avanzando en respetar intereses y el derecho a elegir, participar y pertenecer a una sociedad.
Prevenir requiere servicios de salud que reconozcan y atiendan oportunamente el sufrimiento, junto con redes comunitarias sostenidas. Requiere cambios individuales y colectivos, requiere mirar a nuestro alrededor, escuchar sin minimizar y tomar acciones. No asumamos, no normalicemos, y no dejemos de preguntar a nuestro alrededor si estamos disfrutando la vida.